No pierdas nunca tu capacidad para asombrarte. Artículos breves sobre historia, ciencia, lugares, deporte, curiosidades...
South Bronx, Nueva York, 1980.
Si hubieses aterrizado en alguno de los aeropuertos de la ciudad de Nueva York en junio de 1975, la ilusión de poner un pie en la Gran Manzana pronto se habría transformado en desasosiego. Y así habría sido porque nada más bajar del avión habrías sido recibido con, posiblemente, el folleto más extraño e inquietante entregado como bienvenida al llegar a una gran ciudad. Un panfleto en cuya portada destacaba el dibujo de una gran calavera con capucha con el título de «Bienvenidos a la Ciudad del Miedo», que advertía a los recién llegados que «hasta que las cosas cambien, si puede, manténgase alejado de Nueva York». Se trataba de una especie de guía de supervivencia para los visitantes de la Ciudad de Nueva York en cuyo interior había una lista de nueve «directrices» que instruían al visitante para ayudarle a poder salir de la ciudad con vida, y con sus pertenencias intactas.

Las directrices pintaban una visión de pesadilla de Nueva York, comparándola con Beirut, que por aquel entonces ocupaba buena parte de los informativos norteamericanos al ser el epicentro de la devastadora e incipiente guerra del Líbano. Se aconsejaba a los visitantes que no se alejasen del centro de Manhattan, no usasen el metro bajo ninguna circunstancia, y no se paseasen fuera de lugares concurridos después de las seis de la tarde.

Cualquier turista estaría desconcertado, si no horrorizado, ante tan inquietante recibimiento. Si bien, quizá el folleto exageraba los problemas de la ciudad, tampoco lo hacía demasiado. El Nueva York de los años 70 era un lugar peligroso, caótico, desordenado, tomado por los delincuentes y, económicamente, al borde del abismo.
Incluso podrían haberse sobrecogido todavía más de saber que aquellos hombres en ropa informal que les entregaban esos extraños panfletos  —con unos fúnebres bordes negros y una calavera en su interior mirándoles de reojo, sonriendo y deseándoles  «buena suerte»— eran, en realidad, miembros de la policía de Nueva York. La Gran Manzana atravesaba uno de sus peores momentos de su historia reciente.
«Una nuevo descenso en la irresponsabilidad», se quejó Abe Beame, el asediado alcalde de Nueva York en aquel momento. Beame, que envió a los abogados de la ciudad a los tribunales para tratar de prohibir la distribución del folleto tuvo que ver como como estos permitieron la difusión de aquellos folletos en virtud de la libertad de opinión que recoge la constitución de Estados Unidos. De fondo estaba el pánico por perder el turismo, una de las pocas industrias que quedan en la ciudad, y que todavía atraía a 10 millones de visitantes al año.

La crisis fiscal del Nueva York de mediados de la década de 1970 es sin duda uno de los momentos más extraños en la historia de la ciudad y de los Estados Unidos. Fue un momento en que la desintegración de la  mayor ciudad de la nación más poderosa de la Tierra parecía totalmente posible. La causa de tan inquietante situación provenía de los masivos recortes presupuestarios impuestos a la ciudad. Las arcas del ayuntamiento estaban vacías y la sombra de la bancarrota sobre una ciudad en ruina —al estilo de la Detroit de hoy en día— estaba cada vez más cerca. Lo cierto es que la Gran Manzana estuvo a punto de quebrar aquel año de 1975 con 14.000 millones de dólares en deuda y un déficit de alrededor de 2.200 millones de dólares, y solo obtuvo un mínimo respiro cuando el Congreso y el presidente de entonces, Gerald Ford, aprobó 2.300 millones de dólares en préstamos a corto plazo y la reestructuración de la deuda. La ciudad se salvó del colapso en el tiempo de descuento.

Según se recogió en los medios del momento, se imprimieron más de un millón de folletos «Fear City» para su distribución, con un millón más con orden de imprimir en caso de agotarlos. A este folleto se le sumaron otros, igualmente alarmistas, dirigidos a los residentes de Nueva York con los ilustrativos títulos de «Si usted no ha sido atracado aún» y «Cuando le suceda ...». Todos fueron producidos y distribuidos por el llamado Consejo de Seguridad Pública, que agrupa a 28 sindicatos de «los servicios uniformados», que representa a unos 80.000 policías y funcionarios de prisiones, además de los bomberos de la ciudad, también enfurecidos por planes para despedir a miles de sus miembros.

Residentes de South Bronx , barrio de clase media-alta hasta la década de los 60, juegan
a las cartas en un bajo abandonado, 1977.
Muchas de las advertencias en el panfleto de la ciudad del miedo eran, por supuesto, exageraciones ridículas o mentiras completas. Las calles del centro de Manhattan no estaban casi vacías  después de las seis de la tarde, y eran perfectamente seguras para caminar. La ciudad no tenía que cerrar la mitad posterior de cada tren del metro por la tarde para juntar a los pasajeros y que pudieran estar mejor protegidos, como afirmaba e panfleto. Todavía había muchos barrios seguros y protegidos fuera de Manhattan, y no había ni una «espectacular» oleada de robos ni constantes incendios en hoteles.

Dos agentes patrullan el metro, donde la criminalidad se había disparado en los 60 y 70.
Un coche abandonado en Harlem da una idea del precario estado de la ciudad en el verano de 1975,
Sin embargo, con los números en la mano, la aterradora realidad de la ciudad parecía dar la razón a los autores del catastrófico folleto. La delincuencia y los crímenes violentos se habían incrementado rápidamente durante los años precedentes. El número de asesinatos en la ciudad se había más que duplicado en la década anterior, de 681 en 1965 a 1.690 en 1975 (a modo de comparación, en 2014, en España hubo 324 homicidios intencionados). Los robos de coches y asaltos también se habían más que duplicado en el mismo período, las violaciones se habían triplicado, mientras que los robos habían aumentado un asombroso 1000%.
Había una sensación generalizada de que el orden social se estaba viniendo abajo. La mayoría de los trenes del metro estaban sucios, cubiertos de graffitis por dentro y por fuera y llenos de carteles que recordaban a sus usuarios que no perdiesen de vista sus pertenencias. Incluso se instalaron espejos en las paradas para ver quien se hallaba al doblar la esquina del pasillo. Existía la idea de que podía pasar cualquier cosa, en cualquier lugar, en cualquier momento.

66-333
Times Square. Primavera de 1975.

Las calles estaban sucias, el vandalismo y los cines X se encontraban en su apogeo y el patrimonio de la ciudad se estaba perdiendo, con antiguos edificios dignos de conservar que eran sustituidos por modernas moles de cemento para albergar oficinas. De hecho a las principales infraestructuras de la ciudad se les permitió deteriorarse hasta limites jamás vistos: los puentes del East River se oxidaron hasta casi quedar inservibles. Grandes edificios públicos como la Grand Central Terminal presentaba un aspecto destartalado desde que un juez había anulado la ley de conservación del símbolo de la ciudad. Beame encontró fondos para salvar Grand Central Terminal pero la ciudad se estaba muriendo poco a poco.

Nueva York, como suele pasar, se había ido a la ruina de la forma mas común: casi sin darse cuenta al principio y de forma descontrolada a renglón seguido. Los gobernantes de la ciudad no eran más corruptos que en otros momentos de su historia pero los diez años anteriores se había embarcado en una desastrosa política financiera basando su funcionamiento en deuda a corto plazo. Y la jugada había salido muy mal. La financiación de la ciudad había llegado a ser tan descuidada y azarosa que ni siquiera mantenía un conjunto oficial de libros contables. A principios de 1975, la ciudad de Nueva York debía la exorbitante cifra de 5000 millones de dólares en deuda a corto plazo.

Para ser justos, Nueva York pagaba mucho más de lo que recibía en impuestos estatales y federales. También era la ciudad que más recursos económicos gastaba en apoyo a los ciudadanos de pocos recursos, y lo hacía en una cantidad mucho mayor que cualquier otra ciudad importante de Estados Unidos —y ninguna ciudad tenía un número de beneficiarios de asistencia social ni parecido al de NuevaYork: más de un millón en 1975. En los años transcurridos desde la segunda guerra mundial, la ciudad había sido un foco de atracción para personas que buscaban un empleo (Nueva York siempre lo había sido, pero en las últimas décadas se había disparado) pero gran cantidad de ellas habían visto frustradas sus esperanzas. No encontraron puestos de trabajo y su lugar lo llenaron la heroína y las armas de fuego. La ciudad había perdido un millón de empleos desde 1945, y la mitad de todos ellos desde 1969.

South Manhattan, verano de 1975.
La ciudad ya no podía servir como asilo y cajero automático para la nación y volvió su mirada a Washington en busca de ayuda, pidiendo al gobierno federal que respaldase sus bonos. Mientras, trataría de poner su casa, fiscalmente hablando, en orden, a través de recortes presupuestarios brutales y reformas draconianas.

En mayo de 1975, el Alcalde Beame había anunciado severas reducciones en los salarios, en las pensiones y en las condiciones de trabajo, más el despido de 51.768 trabajadores de la ciudad —más de una sexta parte de sus empleados— anunciando que estos recortes podrían evitarse si todos los trabajadores de la ciudad estuvieran de acuerdo en trabajar cuatro días a la semana, por un salario acorde pero los sindicatos no aceptaron; sus miembros se habían llevado el peso del caos social en los últimos diez años y no estaban dispuestos a sacrificar más.
El 30 de junio de 1975 la ciudad despidió a una cantidad inicial de 15.000 trabajadores, incluyendo miles de policías y 1.600 bomberos —el 20% de toda la fuerza de la ciudad. Para septiembre, 45.000 trabajadores habían sido despedidos— y los sindicatos reaccionaron con rabia. A las protestas y huelgas salvajes siguieron otras acciones como la del folleto de «la ciudad del miedo».

Disturbios de los trabajadores públicos en 1975.
La débil situación de Nueva York preocupaba en EEUU pero también fuera. El canciller alemán Helmut Schmidt advirtió a Ford de que la caída de Nueva York haría que el dólar «pasase a valer una mierda» y no titubeó para anunciar públicamente que el incumplimiento de Nueva York tendría «un efecto dominó, golpeando a otros centros financieros globales como Zurich y Frankfurt». En una cumbre en Francia un tiempo después, el presidente francés Giscard d'Estaing se unió a Schmidt al insistir en que la quiebra de Nueva York «sería vista como la quiebra de los Estados Unidos».

En casa, la opinión pública parecía cambiar. Las encuestas mostraban que casi el 70% de los estadounidenses apoyaban algún tipo de ayuda para Nueva York, siempre y cuando la ciudad equilibrase su presupuesto y los contribuyentes de fuera de Nueva York no tuvieran que pagar la factura. A finales de noviembre de 1975, Ford instó al Congreso a aprobar una ley para inyectar 2300 millones de dólares al año durante los tres años siguientes a Nueva York en préstamos directos. La ley se aprobó rápidamente. La línea de crédito federal fue vital para restaurar la confianza financiera en la ciudad de Nueva York. La ciudad no iría a la quiebra, pero los años de austeridad y recortes solo acaban de empezar. Los salarios de los funcionarios neoyorquinos, los que mantuvieron sus puestos de trabajo, nunca se recuperaron, y en general, perdieron buena parte de su poder adquisitivo, en un momento en el que la inflación alcanzó el 18%.

 En el Bronx, tras el apagón de 1977, se produjeron más de 400 incendios. 
Durante esos años y los siguientes la ciudad fue convincente en sus contradicciones: un lugar vibrante y muy barato para vivir, que atrajo a los jóvenes con talento en masa. También se deshacía por las costuras. Ante la importante caída del precio de las casas y el temor de perder el valor de sus inmuebles, muchos propietarios contrataron a pirómanos que quemasen sus viviendas y así cobrar el seguro. Según estadísticas oficiales, el 40% de las propiedades de la zona de South Bronx fueron pasto de las llamas. En ocasiones bloques enteros de pisos. Era difícil que las cosas empeoraran. Así que empezaron a mejorar.

El resurgir de la mano de un logo

Con la idea de cambiar la mala imagen de la ciudad y promocionar el turismo en el estado de Nueva York, el asistente del comisionado de comercio, William S. Doyle, encargó una campaña de publicidad a la agencia Wells, Rich, Greene Inc. El responsable de la campaña publicitaria, Charlie Moss, quería difundir un sentimiento de ilusión y orgullo a los habitantes de la ciudad y a los potenciales visitantes transmitiendo que lo mejor de Nueva York estaba por llegar.

La campaña se iba a basar en la frase  «I Love New York» acompañada por una serie de anuncios publicitarios que buscaban promocionar por un lado la cultura y diversión en la gran manzana reflejada en los espectáculos de Brodway y por otro lado las zonas para disfrutar del aire libre y la naturaleza en todo el estado.
Pero a la campaña le hacía falta lo más importante: un logo. El encargado de hacerlo fue el diseñador gráfico e ilustrador Milton Glaser que, mientras viajaba en un uno de los famosos yellow cab pensó en una especie de jeroglífico sustituyendo la palabra «love» por un corazón rojo y utilizando solo las iniciales NY en lugar del nombre completo. Así nació el logo más famoso de todos los tiempos, el comienzo del resurgir de una ciudad.
Y lo que fue una campaña pensada para todo un estado y de una duración de dos o tres meses, se convirtió en el símbolo de una ciudad que perdura hasta el día de hoy. Y quien piense que Milton Glaser se hizo rico con esta campaña, se equivoca. Hizo el trabajo por los gastos y cedió el diseño del logo de manera desinteresada al estado de Nueva York, a día de hoy, el beneficiario de todos los derechos.

South Manhattan, principios de la década de 1980.
Y, por supuesto la gestión de los fondos tuvo que mejorar. Hoy en día, la ciudad de Nueva York es un lugar muy diferente de lo que era hace 40 años: más limpia, más brillante, más segura, más ordenada y más rica. De acuerdo con el censo de los EEUU, su población es de cerca de de 8,5 millones de personas (máximo en su historia). Y barrios de clase baja y altas tasas de criminalidad, como Crown Heights, o Bedford-Stuyvesant en Brooklyn, están aburguesándose de forma acelerada, algo que hubiera parecido inimaginable en los días de «Ciudad del miedo».
El crimen aquí ha ido disminuyendo de manera exponencial durante más de 20 años, haciendo de Nueva York una de las ciudades más seguras de Norteamérica. En 2014, según The New York Times, los homicidios cayeron a 328, la cifra más baja desde 1963, cuando el Departamento de Policía comenzó a recopilar estadísticas fiables. Esta nueva «Ciudad Segura» se refleja en un aumento enorme en el turismo: más de 56 millones de visitantes a la ciudad en 2014, cinco veces más que en 1975. En febrero de 2015 la ciudad estableció un récord de 12 días consecutivos sin un asesinato, y el crimen sigue bajando. Para bien o para mal, los malos tiempos de Nueva York no van a volver y, sin embargo, el miedo a retornar a ellos parece persistir en la mente de muchos neoyorquinos de cierta edad.

Fuentes: The Guardian. Imágenes: National Archives and Records Administration.
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Poco después de Hiroshima y Nagasaki, a finales de la década de 1940, los científicos norteamericanos estaban embarcados en encontrar un diseño adecuado para un «súper». Las nuevas armas atómicas que habían horrorizado al mundo palidecían ante estos nuevos súper, unos dispositivos de etapas múltiples mil veces más potentes que las bombas atómicas normales. Los súper utilizaban uranio y plutonio para provocar la ignición de un proceso de fusión, al estilo del que tiene lugar en el interior de las estrellas, en hidrógeno líquido extrapesado, un complicado proceso al que nunca se hubiera logrado llegar sin el, por aquel entonces, incipiente campo de la computación digital.

El Dr. Strangelove en un fotograma de la película ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú.
Tras el gran esfuerzo empleado en encontrar un diseño adecuado para un súper, los científicos dieron con uno perfecto en 1952. La destrucción total del atolón Eniwetok en el océano Pacífico durante una prueba de un súper ese mismo año demostró una vez más la brutal brillantez del método de Monte Carlo, desarrollado poco tiempo antes y apoyado ahora en los primeros ordenadores. Estas nuevas superbombas eran más destructivas de lo que alguien en aquel momento podría imaginar, sin embargo, los científicos de la bomba ya tenían en marcha otra cosa todavía peor.

Las bombas atómicas pueden matar de dos formas. A un loco que se conformara con matar a un montón de personas y derribar edificios le bastaría con una bomba convencional de una etapa. Es más fácil de construir y el grandioso destello de la explosión satisfaría su necesidad de espectáculo, igual que los efectos posteriores, como los tornados espontáneos o las siluetas de las víctimas estampados en las paredes de ladrillo. Pero si el loco tiene paciencia y quiere hacer algo realmente dañino, si quisiera orinar en cada pozo y sembrar de sal cada suelo, lo que hará será detonar una bomba sucia de cobalto-60.
Mientras que las bombas nucleares convencionales matan con el calor, las bombas sucias matan con la radiación gamma. Los malignos rayos gamma son el resultado de eventos nucleares frenéticos y además de quemar a la gente de una manera horrible, llegan a la médula ósea y embarullan los cromosomas de los leucocitos. Estas células de la sangre pueden morir enseguida, volverse cancerosas, o pueden crecer desmesuradamente y, como los humanos con gigantismo, acabar deformes e incapaces de luchar contra las infecciones. Todas las bombas nucleares liberan algo de radiación, pero en las bombas sucias el objetivo es precisamente generar radiación.


Cobalt-60 / Cobalto-60 / 60Co
Placa de un contenedor de isotopo radiactivo Cobalto-60.

Uno de los muchos refugiados europeos que trabajó en el proyecto Manhattan, Leo Szilard (el físico que, muy a su pesar, concibió la idea de una reacción nuclear autosustentada en 1933), calculó en 1950, cuando ya era un hombre más serio y sabio, que si se espolvoreara cada metro cuadrado de tierra con un solo gramo de cobalto-60, la radiación gamma producida bastaría para acabar con la raza humana. Su dispositivo estaba formado por una ojiva nuclear de varias etapas envuelta en una funda de cobalto-59. Una reacción de fisión en el plutonio provocaría una reacción de fusión en el hidrógeno destruyendo así la funda de cobalto y todo lo demás. Pero no antes de que ocurriera algo más a nivel atómico. A esa escala, los átomos de cobalto absorberían neutrones de la fisión y la fusión, en un proceso que recibe el nombre de «salado». El salado convierte el cobalto-59, que es estable, en el isótopo inestable cobalto-60, que luego caería mansamente como una lluvia de ceniza.

Albert Einstein y Leo Szilard, 1939.
Hay muchos más elementos que producen rayos gamma pero el cobalto tiene algo especial. Ante la explosión de una bomba atómica convencional uno puede guarecerse un tiempo en refugios subterráneos, pues su lluvia radiactiva expulsa de golpe toda la radiación gamma y luego resulta inocua. Hiroshima y Nagasaki eran más o menos habitables a los pocos días de las explosiones de 1945. Otros elementos absorben neutrones como un alcohólico otra copa en el bar: algún día enfermarán, pero al cabo de mucho tiempo. En ese caso, tras la explosión inicial, los niveles de radiación no aumentan mucho. Las bombas de cobalto caen maliciosamente entre esos dos extremos, en uno de los raros casos en que el feliz punto medio resulta ser lo peor. Los átomos de cobalto-60 se depositarían en el suelo como minúsculas minas. Enseguida estallaría un número suficiente de esas minas para que hubiera que escapar del lugar, pero lo peor es que cinco años más tarde todavía la mitad del cobalto estaría armado. Esta constante emisión de metralla gamma hace que ante una bomba de cobalto ni se pueden esperar que pasen los efectos, ni  éstos se pueden soportar. Haría falta toda una vida humana para que se recuperase el suelo. Esto hace que las bombas de cobalto sean un arma improbable para la guerra, pues el ejército victorioso no podría ocupar el territorio. Pero un loco empeñado en arrasar la Tierra no tendría esos escrúpulos.

En su defensa, conviene puntualizar que Szilard albergaba la esperanza de que la bomba de cobalto, el primer «dispositivo apocalíptico», no llegaría a construirse jamás, y de hecho, ningún país (al menos que se sepa. Aunque empieza a haber serios rumores) lo ha intentado nunca. De hecho Szilard concibió la idea con la intención de mostrar lo insensato de la guerra nuclear, y mucha gente recibió el mensaje. En «¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú», los enemigos soviéticos tenían bombas de cobalto.

Hiroshima, tras la devastación, 6 de agosto de 1945.
Antes de Szilard las bombas nucleares eran terroríficas pero no apocalípticas. Tras su modesta proposición, Szilard confiaba en que la gente se lo pensara mejor y abandonara las armas nucleares. No iba a ser así. Poco después la Unión Soviética se hizo con la bomba atómica. Los gobiernos estadounidense y soviético pronto aceptaron la poco tranquilizadora pero bien bautizada doctrina MAD o «Destrucción mutua asegurada», con la idea de que, con independencia del resultado final, en un conflicto nuclear los dos bandos salen perdiendo. Por estúpida que parezca como ética, MAD disuadió a los gobiernos de la idea de desplegar ojivas nucleares como armas tácticas. Pero las tensiones internacionales se endurecieron, hasta desembocar en la guerra fría. Actualmente hay diez países con la capacidad de detonar armas nucleares, y desde 1945, ha habido más de 2.000 explosiones en el planeta. Ninguna de una bomba de cobalto.

Extracto del recomendado libro de Sam Kean, La cuchara menguante. Ariel.
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Pongamos que estás en España y quieres abandonar el país aún sabiendo que es un país fabuloso y sin problemas que nadie querría dejar jamás, pero haciendo un ejercicio de imaginación y poniéndonos en ese caso ¿cuál es la frontera más cercana al lugar en el que te encuentras? (en línea recta, naturalmente, aunque ya sabemos que las líneas rectas sobre un mapa no son tales, y si no, recordemos lo que es navegar en linea recta). Vamos, la clásica pregunta que te haces un día sí, otro día también.

país más cercano a España
Lineas que demarcan el territorio extranjero más cercano.
Pues bien, tanto si te has hecho la pregunta como si no, el mapa superior muestra qué país está mas cercano a cada punto de España. Dependiendo de donde vivas el mapa muestra cual es el país más próximo a ti. País o territorio británico de ultramar porque, como habrás podido comprobar he incluido Gibraltar, al fin y al cabo también cruzas una frontera.

Como quizá era de esperar, la mayor parte de España está más cerca de Portugal que de ningún otro país, con Francia en segunda posición. Incluyendo Gibraltar, sería Argelia el que ocupase la tercera posición. Si no quisiéramos incluir el territorio perteneciente a «la pérfida Albión» en este juego, la práctica totalidad del territorio que ocupa pasaría a incluirse en Marruecos.




Mapas superpuestos II
Ninguna proyección cartográfica es mejor o peor que las demás, todas son visiones artificiales basadas en ecuaciones que sirven para...  Seguir leyendo
El territorio español se divide en siete sectores correspondientes a siete países/territorios. Aunque Italia aparezca reflejado en el mapa lo cierto es que ningún metro cuadrado español está tan cerca de Italia como para quedar bajo su influencia, pero como se muestra en el mapa, Menorca se queda a unas decenas de kilómetros de estarlo.

Hay muchas provincias, incluso Comunidades Autónomas, como Galicia, Murcia o Extremadura que están más próximas a un país de forma íntegra. Sin embargo el caso de la provincia de Albacete merece un capítulo propio. Podrías pasar de estar más cerca de Argelia, a estarlo de Marruecos, a estarlo de Gibraltar, a estarlo de Portugal o a estarlo de Francia desplazándote pocos kilómetros sin salir de la provincia. Si vives en La Roda estás, aproximadamente, a la misma distancia de Francia, Portugal y Argelia. Este trifinum, solo se repite un poco más al sur, cerca de Villanueva de la Fuente, en este caso con Argelia, Marruecos y Gibraltar, y de nuevo en la provincia de Albacete.


Palma de Mallorca es otro caso curioso, está en la frontera entre la región más próxima a Francia y la más próxima a Argelia. Casi toda la ciudad lo estaría de Francia mientras que la zona más al sur, entre la que se encuentra el puerto o el aeropuerto lo estaría de Argelia.


Aunque pudiera parecer que Canarias se encuentra próxima al África continental (y de hecho lo está), lo cierto es que no todas las islas que componen el archipiélago tienen como país más cercano un estado africano.


De hecho las Islas Canarias se dividen en tres sectores. Quizá pueda sorprender a alguno pero la mayor parte de la isla de La Palma está más cerca de Madeira (y por tanto de Portugal) que de cualquier otro país. Lanzarote y Fuerteventura están más próximas a Marruecos mientras que Gran Canaria, Tenerife (con la excepción de Punta de Anaga), Hierro, La Gomera y una pequeña parte del sur de La Palma están más cerca del Sahara Occidental.

¿Cómo hacer un mapa similar a este?

Por si alguno está pensando en repetirlo para España o cualquier otro país o territorio, estos son los pasos que yo he dado:
  • Ir a Geometry Demo de lpetrich.org.
  • Añadir un montón de puntos en las fronteras (y costas). Hay que tener en cuenta que el servicio es gratuito y on line por lo que puede saturarse. En mi caso a partir de los 600 puntos empezó a ralentizarse peligrosamente.
  • Importar el mapa a GIMP o similar (Inskape en mi caso) con el diagrama de Voronoi sobreimpreso.
  • Marcar la frontera entre las sectores (usando una capa nueva). En esta parte hay que ir con cuidado sabiendo diferenciar entre las lineas del diagrama de Voronoi cuáles pertenecen a la «frontera» entre sectores.
  • Guardar la imagen, de esa nueva capa únicamente sobre un mapa en blanco.
Como ayuda, el mapa que importéis deberá tener un aspecto tal que así:


Ortofotos de ciudades españolas 1956-2014
En el año 1953, el gobierno de Franco firmó un acuerdo de cooperación con Washington por el que se instalarían en territorio español cuatro bases militares...  Seguir leyendo
Os dejo imágenes de las zonas por donde pasan las «fronteras» generadas a través de los diagramas de Voronoi. Puedes pinchar sobre ellas para verlas en grande.


Nota: el sistema tiene una precisión limitada. Depende de lo preciso que seas poniendo los puntos sobre las fronteras, pero incluso haciéndolo de una manera «grosso modo» lo que sale es bastante aproximado. Yo he tratado de ser lo más preciso posible, usando además unos nada despreciables 800 puntos. La idea la tomé de aquí, donde un londinense lo hace para saber la distancia más corta para salir de la ciudad.

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Imagen.

El primer satélite artificial lanzado al espacio por el ser humano partió del cosmódromo soviético de Baikonur, la mayor y más antigua instalación de lanzamiento espacial en el mundo. Desde ese momento la actividad en la vieja estación espacial ha sido incesante.
Situado en Kazajistán, aunque bajo control de Rusia, desde la caída de la URSS en 1992, la construcción del cosmódromo comenzó en junio de 1955, recibiendo durante su vida varios nombres al objeto de tratar de despistar a los espías occidentales durante la guerra fría. En la actualidad Rusia paga un alquiler a Kazajistán por las instalaciones aunque en los últimos años el acuerdo de renovación parece complicarse por lo que Rusia ha empezado a expandir su propio cosmódromo en Plesetsk al norte del país.

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 “La cámara es un instrumento que enseña a la gente cómo ver sin cámara.”
 Dorothea Lange

Que las cosas no son siempre lo que parecen es algo sabido por todos. Hace un tiempo los incondicionales de este blog pudisteis disfrutar de diez fotografías históricas que eran difíciles de comprender sin un pie de foto aclaratorio. Pues si os quedasteis con ganas de más, y si no tambiénos dejo a continuación otras diez fotografías (más un bonus) que necesitan, de nuevo, una explicación:

1

¿Qué parece?
Un joven saliendo de un barracón portando algo en su mano, quizás unas botellas de refrescos o la caja con su almuerzo.

¿Qué es en realidad?
El joven de la imagen es Harold Melvin Agnew, un reconocido físico estadounidense fallecido en 2013 y que, en 1945, cuando fue tomada la fotografía, era uno de los científicos inmersos en el proyecto Manhattan y participantes en la misión Hiroshima, el primer ataque nuclear de la historia (voló en otro avión tras el Enola Gay). Lo que sostiene en la mano es el núcleo de plutonio de la bomba Fat Man, la bomba arrojada sobre Nagasaki tres días después de la de Hiroshima y que fue la causa directa del fallecimiento de 70.000 personas. Una pequeña caja que cambiaría el curso de la historia. [Fuente + Info (donde, por cierto, también explican que hubiese pasado si se le hubiese caido al suelo)].

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Las regiones árticas son lugares peligrosos para volar. Fuertes vientos, temperaturas ridículamente bajas y terrenos marcadamente hostiles contribuyen a provocar accidentes aéreos. Recuperar los restos de las aeronaves siniestradas es, a menudo tarea imposible. Como resultado, un buen número de aviones que jamás volverán a volar, abandonados en esa remota parte del mundo y congelados en el tiempo. Os invito a viajar hasta el Ártico y conocer siete de sus historias:

Isachsen, Nunavut, Canadá

avión abandonado C-47 Canadá
Imagen

En 2005, un comunicado de prensa de la Real Fuerza Aérea Canadiense anunciaba que llevarían a cabo una patrulla de reconocimiento en el norte del país, operando desde una estación meteorológica, ahora abandonada, en Isachsen en la remota isla Ellef Ringnes. Después de la Segunda Guerra Mundial, Canadá y Estados Unidos construyeron una red de estaciones meteorológicas remotas en el Ártico (JAWS, por sus siglas en inglés), con una finalidad tanto científica como militar.Quizá la parte interesante de este comunicado de prensa fue que esta patrulla iba a incluir un ejercicio de respuesta ante emergencias simulando un accidente aéreo, utilizando para ello, los restos de un antiguo USAF Douglas C-47 que se había estrellado en Isachsen durante la década de 1950. 

Lo cierto es que el accidente había sucedido en octubre de 1949, cuando el C-47 tras haber estado estacionado en la pista toda la noche, acumulando hielo en alas y fuselaje se disponía a despegar. El capitán no creyó necesario descongelar las alas, tan sólo limpió el parabrisas con alcohol. Para empeorar las cosas, el avión iba sobrecargado, esa mañana soplaba un ligero viento cruzado y la pista de aterrizaje estaba cubierta por 10 cm de nieve. Estos factores dieron como resultado un rendimiento de despegue muy pobre por lo que el avión, simplemente, no pudo levantar el vuelo correctamente. No ganó altura suficiente por lo que los esquís y ruedas golpearon tierra y se doblaron. La aeronave se deslizó por la llanura, cubierta de nieve, durante una distancia considerable antes de detenerse para siempre. Todos los pasajeros y la tripulación lograron salir y nadie resultó herido de gravedad. Sesenta y seis años después los restos se conservan en muy buen estado. [Fuente]. En Google Maps.

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«No es nada raro, en Escocia los barcos son así». «Es el clásico buque de transporte de helio», «¡Vaya! otro fallo en Matrix». «¡Al fin veo al famoso Holandés Errante!» (The Flying Dutchman, en inglés)... Estos fueron parte de los comentarios que algunos telespectadores del Open de Escocia de golf escribieron en sus perfiles de redes sociales al ver lo que les mostraban sus televisores: un barco volando.

Imagen retransmitida por SkySports durante el Open de Escocia de golf. Fuente.

La imagen que abre esta entrada es real, y cuando digo esto, quiero decir que no hay ningún truco de fotografía o de cualquier otro tipo, y es la imagen que verías tú mismo si hubieses estado hace poco más de un año, el 13 de julio de 2014, en el Royal Aberdeen Golf Club. La escena, retransmitida en directo a través de Sky Sports, no pasó desapercibida para los comentaristas del evento ni en twitter donde muchos se asombraban de lo que estaban viendo. La perturbadora visión no se hacía menos espectacular cuando se abría el plano, aunque la mayoría creía saber lo que observaba.
Lo que estaban presenciando es lo mismo que llevó a Donald Baxter MacMillan a buscar la imaginaria Tierra de Crocker, lo que pudo provocar el hundimiento del Titanic según alguna teoría [vídeo], y lo mismo que, se cree, que en el siglo VII empujó a los celtas, a bordo de sus rudimentarias embarcaciones forradas de pieles llamadas currachs, a llegar a Islandia desde las Islas Feroe. Los historiadores se dividen entre los que creen que Islandia podría haber sido descubierta accidentalmente cuando algunos currachs fueron conducidos a sus costas durante una tormenta, y los que piensan que la respuesta parece estar en un fenómeno atmosférico conocido como espejismo superior.