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No pierdas nunca tu capacidad para asombrarte. Hola qué quizá no conozcas.

La única mujer de la fotografía superior se llama Kathrine Switzer. En 1967 se convirtió en la primera atleta femenina en inscribirse y participar en el Maratón de Boston. Desde la perspectiva actual puede no significar gran cosa pero en aquel instante supuso un desafío a las normas establecidas que impedían su participación en una prueba, en aquel momento, reservada en exclusiva a hombres.

Kathrine logró su objetivo con pasmosa naturalidad. Se preparó físicamente y con tiempo suficiente para correr la prueba, consiguió un formulario, se inscribió como K.V. Switzer, sus verdaderas iniciales, y lo envió a la organización de la carrera. Sin sopechar ni remotamente que se trataba de una mujer, los directores de la prueba recibieron la hoja de inscipción debidamente cumplimentada y la inscribieron de manera oficial.
Y como era de esperar, allí se presentó aquel frío día de abril de 1967 en la 70ª edición del Maratón de Boston para tomar la salida con el resto de corredores. Por suerte para ella no iba a estar sola, la acompañaban su entrenador, Arnie Briggs, y su novio, Tom Miller, que también estaban inscritos en la carrera.
Pero Kathrine estaba a punto de pasar a la historia del deporte no solo por ser una pionera femenina, sino porque cuando uno de los directores, llamado Jock Semple, se dio cuenta  a mitad de la carrera de que una mujer corría en su prueba saltó tras ella para detenerla. Su novio y otros corredores empujaron al juez apartándolo de Kathrine y posibilitaron que continuase la prueba. Las imágenes del incidente ocuparían página en muchos diarios del día siguiente. Después de ese  intento fallido nadie volvió a tratar de frenarla y terminó la carrera con un tiempo de 4 horas y 20 minutos. Y, nada más cruzar la meta, fue descalificada.

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La historia de los Juegos Olímpicos Modernos cumple 116 años. Durante todo ese tiempo han sucedido cantidad de cosas en el olimpismo, incluyendo los numerosos cambios en las pruebas presentes en el evento deportivo mundial por antonomasia. A continuación os presento algunos deportes olímpicos que se quedaron en el camino


1.Duelo con pistola


Sir Cosmo Duff Gordon (derecha), más tarde superviviente del naufragio del Titanic, con dos compañeros del equipo británico durante los Juegos de Londres de 1908.
 
No era tan impresionante como te lo estás imaginando. En realidad, y a pesar de su nombre, no tenía lugar un verdadero duelo sino que los participantes disparaban a un maniquí vestido con levita sobre el que había impresa una diana. Los disparos se efectuaban a 20 y 30 metros. Fue deporte oficial durante los Juegos de París 1900, los Juegos intercalados de 1906 y en los de Estocolmo 1912. A día de hoy es de los deportes que cuenta con más apoyos para que vuelva a ser olímpico. (Fuente)(Imagen).


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Cuando el ejército griego derrotó a los persas en la batalla de Maratón, Filípides salió corriendo hacia Atenas para dar la grandiosa noticia. La leyenda dice que, tras recorrer los 40 kilómetros que separaban el campo de batalla de la polis griega, Filípides se derrumbó agotado por el titánico esfuerzo, aunque antes de morir y con su último aliento fue capaz de articular una postrera palabra: «νίκη» (—Níki—, victoria en griego antiguo). No podía imaginar que veinticuatro siglos después su gesta daría nombre a la prueba atlética de resistencia por antonomasia.

Y es que desde que el Maratón se incorporó al programa olímpico en la categoría masculina en 1896 —la categoría femenina tendría que esperar ni más ni menos que a 1984— se han vivido multitud de anécdotas y emociones, han nacido héroes, se ha cazado a tramposos e incluso se ha colado algún protagonista no invitado.

Norbert Sudhaus encarando los últimos metros

El 10 de septiembre de 1972 se celebraba la prueba de maratón de los Juegos Olímpicos de Munich. El alemán Norbert Sudhaus entró primero en el estadio, le faltaban menos de 500 metros para llegar a la meta. Los espectadores le alentaban y se levantaban de sus asientos a su paso, insuflándole energías para ayudarle en el último esfuerzo. Era algo completamente lógico, se trataba del corredor que se iba a convertir en campeón olímpico, y además era alemán, como la mayoría de la gente del estadio. Lo que no sabían aquellos espectadores era que ese último esfuerzo no era tal, Sudhaus no era un corredor olímpico, no había participado en competición atlética alguna en su vida, se había unido a la carrera metros antes de entrar en el estadio.
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Desde que la más famosa competición de baloncesto del mundo, la NBA, se fundase en Nueva York una calurosa mañana de junio de 1946 han participado en ella miles de jugadores. De todos ellos el más alto que jamás haya disputado al menos un partido medía 2'31m, de hecho este record de altura lo comparten dos jugadores, el sudanés Manute Bol y el rumano Gheorghe Muresan. Por contra, el jugador más bajo que ha llegado a participar, Tyrone Bogues, apenas superaba el 1'60m.


Curiosamente el destino hizo que ambos coincidiesen en tiempo y lugar. Bogues fue elegido en la posición duodécima del draft de 1987 por los Washington Bullets por lo que en su primera temporada en la NBA, tendría como compañero de equipo al, ya famoso por aquel entonces, Manute Bol. Con 71 cm de diferencia las portadas de revistas no se hicieron esperar.
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luigi gigi meroni

Era la tarde del 15 de octubre de 1967 y el Torino había ganado 4-2 a la Sampdoria. Luigi Meroni había sido titular en aquel partido. El defensa del Torino era, en la segunda mitad de los años sesenta, el jugador más carismático no sólo del equipo turinés, sino de todo el fútbol italiano.

Denominado «Calimero» por el famoso pollito de los dibujos animados, ya que era pequeño, de apariencia frágil y lucía un peculiar peinado, Meroni no era sólo un futbolista, sino también un «personaje genial» dentro y fuera de los terrenos de juego.
Con el número 7 a la espalda, Gigi Meroni, era extravagante en todos los aspectos de su vida, era un bohemio que cada domingo se disfrazaba de jugador de fútbol. Se decía de él que alguna vez había driblado al portero y con la portería vacía lo había esperado para volver a regatearlo una segunda vez antes de hacer el gol.
Con esa misma extravagancia se comportaba también fuera del campo de fútbol. Escuchaba a los rebeldes Beatles, amaba el jazz, y tenía la melena y la lengua insolentemente largas. Se le podía ver habitualmente paseando su gallina por las calles del centro de Turín. Dio lugar, incluso, a una forma de vestir bohemia que fue seguida por muchos jóvenes de la época.
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Los Juegos Olímpicos traen consigo una sincera e imparcial competición de atletas de todos los países, algo que se refleja en el Juramento Olímpico. En ocasiones, algunos deportistas se olvidan de esta esencia fundamental e intentan ganar por todos los medios. He aquí tres ejemplos.

Boris Onischenko y la espada que puntuaba sola.

boris onischenko
Prueba de esgrima de pentatlón moderno. Montreal 1976.

Boris Onischenko, un oficial de ejército soviético, participó en los JJOO de Montreal de 1976 en la modalidad de pentatlón moderno. No era un desconocido, se trataba de un deportista respetado que ya había ganado una medalla de plata en Munich cuatro años antes. De poco le valió su trayectoria ya que tuvo que abandonar los Juegos Olímpicos avergonzado, entre titulares que se referían a él como «Disonischenko» y «Boris el Tramposo».

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Corría el minuto 35 del segundo tiempo del partido Kuwait-Francia correspondiente a la fase de grupos del mundial España 82. Alain Giresse, delantero de "les bleus" recibe un balón y marca el cuarto tanto para su selección. Inmediatamente, todo el equipo asiático se abalanza sobre el colegiado. Alegan haber escuchado el silbato del árbitro y que por ello el gol no debe subir al marcador. Hasta ese momento todo puede entrar en la normalidad de un partido de fútbol. Lo sorprendente y único sucede a continuación. Desde el palco de autoridades del estadio José Zorrilla de Valladolid, un individuo ataviado con vestimentas árabes y turbante rojo hace aspavientos indicando al equipo kuwaití que abandone el terreno de juego. Tras varios minutos de incertidumbre, el hombre del turbante aparece sobre el césped entre el tumulto de jugadores y acompañado por varios escoltas. Es el jeque Fahid Al Ahmad Al Sabah, hermano del emir de Kuwait. El público en las gradas y los jugadores franceses, tranquilos por una victoria segura, observan con estupor la insólita escena. Tras una conversación con el arbitro soviético Miroslav Stupar rodeada de jugadores y policías, Fahid Al Ahmad Al Sabah amenaza de nuevo con retirar a sus jugadores del terreno de juego si no se anula el gol.
Pasan varios minutos de desconcierto cuando el colegiado toma la sorprendente decisión de anular el gol. Stupar no había pitado, el gol era legal, pero inexplicablemente las presiones del jeque surten efecto y el tanto no sube al marcador.


La historia juzgó este hecho como anécdota ya que el partido terminó 4-1, pero el hecho en sí era muy grave por lo que la FIFA castigaría duramente a Miroslav Stupar, que nunca volvió a arbitrar un partido.