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No pierdas nunca tu capacidad para asombrarte. Hola qué quizá no conozcas.
Todas las cosas están compuestas por átomos. Si miras a tu alrededor, todo lo que verás son átomos. Y cuando digo todo, es todo: es la pantalla donde estás leyendo esto, es la pared del fondo, es el agua de tu vaso, es la planta de la maceta de la esquina, es también el aire que te rodea —y que no ves, en este caso— y es la tierra que soporta la planta de la maceta de antes. En definitiva, los átomos están en todas partes y lo forman todo. Y, claro está, te forman a ti. En el post anterior intenté venderte la loca idea de que eras joven porque tus células lo eran. Pues bien, como ya sabes, las células, en última instancia, están formadas por átomos. Y estos átomos no son precisamente jóvenes.

Hay que ver la Play Station como flipa. Youtube. Hace poco yo tenía también 19.

¿De dónde han salido mis átomos? 

Durante mucho tiempo los humanos hemos conocido la existencia de los átomos aunque no alcanzásemos a intuir, ni remotamente, de dónde rayos habían salido. Esto fue así durante siglos, hasta que a mediados de la década de 1950 un puñado de astrónomos perspicaces desvelaron el misterio y comprendieron que las propias estrellas debían ser las fábricas de los átomos.
Al igual que hicieron este grupo de científicos, para conocer el origen de los átomos que forman todo nuestro mundo debemos remontarnos a los inicios del universo, es decir, bastante, bastante atrás. Ninguno de nosotros estábamos allí pero tenemos la casi absoluta certeza de que en aquel momento lo único que existía era una especie de engrudo primordial donde solo había hidrógeno, una pizca de helio y una pizca todavía menor de litio. Y nada más. Era un universo hecho de tres elementos, tres tipos de átomos.
Sucede que el hidrógeno es un elemento, pordríamos decir, bastante «social». No le gusta estar solo, de hecho busca compañía de casi cualquiera, así que con el tiempo, poco a poco, los átomos se fueron agrupando (recordemos que prácticamente sólo había hidrógeno). Átomos y átomos de hidrógeno se fueron apretando unos contra otros hasta formar una especie de proto-estrellas. A medida que se iba añadiendo más hidrógeno a aquellas incipientes estrellas, la presión gravitatoria en el interior de estas se fue haciendo mayor. Esa enorme presión produce un curioso efecto sobre el hidrógeno, hace que los átomos estén tan apretados que sean incapaces de soportarla y empiecen a fusionarse, a unirse, unos con otros. El producto de esta fusión es un nuevo elemento (el inmediatamente más más pesado al hidrógeno) llamado helio. Este es el proceso que enciende todas las estrellas del firmamento y, como tal, es bien conocido por los químicos: es una reacción que hasta se podría catalogar de aburrida. De hecho las estrellas se pueden pasar miles de millones de años haciendo exclusivamente eso, convertir hidrógeno en helio. Nuestro Sol es, básicamente, lo único que hace. Lo verdaderamente interesante empieza después, cuando las estrellas consumen todo el hidrógeno de sus núcleos.

Cuando el hidrógeno se agota

Es en este momento cuando empiezan a pasar cosas. Los problemas para la estrella solo acaban de empezar: en su desesperación por mantener su temperatura elevada, las estrellas que agotan el hidrógeno echan mano de lo que sea. Y «lo que sea» es en realidad lo único que tienen, lo que llevan creando toda su vida, el helio.  El núcleo de la estrella comienza a quemar y fusionar átomos de helio en un exasperado intento de seguir existiendo. Fruto de esa fusión no tardan en acumularse en el interior de la estrella cantidades apreciables de litio, boro, berilio y, especialmente, carbono (pero solo en el interior, las partes más exteriores, y por tanto más frías, de la estrella siguen siendo básicamente hidrógeno durante toda la vida de la estrella). Por desgracia, quemar helio libera menos energía que quemar hidrógeno, así que las estrellas agotan su helio en, como mucho, unos cuantos cientos de millones de años. Es, por así decirlo, una solución de emergencia que vale para «un rato», pero poco más. De hecho, llegado este punto, sin prácticamente reserva de helio ni de hidrógeno, algunas estrellas pequeñas mueren. Las más masivas, sin embargo, siguen luchando, apretando los átomos de carbono para formar seis elementos más, hasta el magnesio, lo que le permite aguantar unos pocos de cientos de millones de años más. Alcanzado este momento otras tantas estrellas son incapaces de continuar sus reacciones de fusión y mueren. Solo unas pocas, las más calientes, son capaces de quemar esos elementos a lo largo de unos pocos de millones de años más. Y así, son capaces de ir formando, elemento tras elemento, todos hasta el hierro. Y ya. Cuando fusiona sus átomos para obtener hierro la estrella llega a su límite en su desesperado intento de seguir con vida. El sentido común sugiere que la estrella podría seguir con este proceso de la misma forma y fusionar el hierro para seguir generando energía. Tiene lógica, si ves una tabla periódica observarás que todavía quedan muchos elementos en ella más pesados que el hierro. Este es uno de los pocos casos el sentido común falla. La realidad es que fusionar elementos de más de veintiséis protones no sólo no aporta energía si no que «cuesta» energía, por lo que seguir carece de sentido. La estrella lo sabe y, exhausta y moribunda, asume que se ha quedado sin opciones. El hierro es su último hálito de vida.

Esto es lo que pasa después del hierro. Pero no pares, sigue leyendo, todavía quedan elementos que crear.

Entonces ¿los elementos más pesados que el hierro no se generan en las estrellas? ¿De donde ha salido la plata de mi pulsera, el xenón de los faros de mi coche o el arsénico de mi insecticida? Bien, para eso también hay respuesta. Justo antes de morir la estrella desata el apocalípsis. Al quedarse de repente sin energía las estrellas agotadas implosionan bajo su propia e inmensa gravedad, reduciendo su radio brutalmente en muy poco tiempo. La presión en su núcleo es en esos momentos inimaginable. Es tan alta que produce un efecto rebote y la estrella explota. Y cuando una estrella explota, explota, que ríete tú de las películas de Michael Bay. Durante un mes la supernova formada se expande millones de kilómetros y brilla con más intensidad que mil millones de estrellas. Durante la supernova colisionan  con tal impulso y tantas veces por segundo un número tan inmensamente grande de partículas que se crean nuevos elementos. Todas las combinaciones naturales de elementos e isótopos salen de esta tempestad. Con esta fabulosa traca final todos los elementos de la naturaleza se han formado.

Los átomos de los que estás hecho

Pero no nos despistemos con relatos estelares y volvamos a tu falta de juventud.  El hecho más sorprendente es saber que los átomos que constituyen la vida en la Tierra, los átomos que componen el cuerpo humano se cocinaron hace miles de millones de años. Esa es la edad de los átomos que forman todo sobre la Tierra. Esa es la edad de los átomos que te forman a ti. En el sentido más literal de la expresión, estamos hechos de polvo de estrellas. Cuando te sientas pequeño, mira al cielo nocturno y siéntete enorme, pues los átomos que te componen han venido de allí.


En este punto conviene hacer una pequeña puntualización. Los átomos en sí mismos no dan mucho juego: les sucede algo parecido a las letras, que son fundamentales para el lenguaje y la escritura pero en si mismas carecen de significado, este viene dado por las palabras que forman. La disposición operativa fundamental, la que de verdad da razón de ser a los átomos, es la molécula. Una molécula es simplemente dos o más átomos trabajando juntos en una disposición más o menos estable: si añades dos átomos de hidrógeno a uno de oxígeno, tendrás una molécula de agua. Los científicos suelen pensar en moléculas más que en elementos, lo mismo que los escritores suelen pensar en palabras más que en letras. Para crear las cosas, las moléculas son las que cuentan, y, por así decirlo, son muy numerosas. Hay más moléculas de agua en un vaso que vasos de agua en todo el mundo. A nivel del mar y a una temperatura de 0ºC, un centímetro cúbico de aire (es decir un espacio aproximado del tamaño de un terrón de azúcar) contendrá 45.000 millones de millones de moléculas. Y ese es el número por cada centímetro cúbico que ves a tu alrededor. Piensa en cuantos centímetros cúbicos hay en el mundo que se extiende al otro lado de tu ventana, cuantos terrones de azúcar harían falta para llenarlo. Piensa luego en cuantos harían falta para construir un universo. Hay un número inconcebiblemente grande de moléculas.

Larga vida al átomo

Si las moléculas son numerosas, los átomos lo son más. Como dice  Bill Bryson en su libro «Una breve historia de casi todo», son además fantásticamente duraderos. Y como tienen una vida tan larga viajan muchísimo. Cada uno de los átomos que tú posees es casi seguro que ha pasado por varias estrellas y ha formado parte de millones de organismos en el camino que ha recorrido hasta llegar a ser tú. Eres realmente viejo atendiendo a las partículas elementales que te componen. Somos atómicamente tan numerosos y nos reciclamos con tal vigor durante la vida y al morir que, un número significativo de nuestros átomos (más de mil millones de cada uno de nosotros, según se ha postulado) probablemente pertenecieron alguna vez a Shakespeare, mil millones más proceden de Buda, de Gengis Kan, de Beethoven y de cualquier otro personaje histórico en el que puedas pensar (los personajes tienen que ser, al parecer, históricos ya que los átomos tardan unos decenios en redistribuirse del todo. Por mucho que lo desees aún no puedes tener ninguno en común con Elvis Presley o Michael Jackson). Cuando muramos, nuestros átomos se separarán y se irán a buscar nuevos destinos en otros lugares (como parte de una hoja, de otro ser humano o de una gota de rocío). Tú no estarás, sin embargo tus átomos continúan existiendo.
No pierdas nunca tu capacidad para asombrarte. Hola qué quizá no conozcas.
¿Has estado de cumpleaños recientemente? ¿Te sientes viejo? En el post anterior traté de convencerte de que vives en el futuro y lo que conseguí fue provocar cierta sensación depresiva entre algunos lectores.
Pues si así es tengo buenas noticias para ti, ya puedes dejar de preocuparte. Hay muchas posibilidades de que seas más joven de lo que crees. De hecho, la mayoría de ti es tan joven como cuando eras un niño. No, no deliro. Vamos a ver como puede ser esto así.

Por desgracia, o no, todos envejecemos pero hay personas que lo encajan peor. Youtube.

Estoy seguro de que sabes que tu cuerpo está formado por células, muchas células. Básicamente, y no te ofendas, eres un conjunto de células bien ordenado. De hecho, tus células se organizan tan bien y han conseguido tal grado de especialización que como resultado han formado algo único e irrepetible. Te han formado a ti. Y como adulto que supongo que eres, tienes miles de millones más células que las que tenías en tu cuerpo cuando naciste. Has crecido, y no solo en masa y volumen, también en cantidad de células. Y, como también sabes, las células son seres vivos. De hecho existen infinidad de seres vivos que son unicelulares. Las sencillas y humildes bacterias, o los eucariótidos protozoos, representan la gran mayoría de los organismos que pueblan el planeta. Y son una única célula.
[Nota del autor: si todavía no te he subido la autoestima con lo de único e irrepetible, piensa en la suerte que has tenido de ser el organismo complejo que eres, podrías haber sido un paramecio y en cambio aquí estas, leyendo este post, en la cima de la cadena trófica].

La juventud de las células que te componen

Lo cierto es que las valiosas células que posees, agrupadas además de esa forma tan singular y extraordinaria, no han nacido contigo. Al menos no todas. Vale, de hecho casi ninguna. Tu cuerpo, ahora mismo, tiene células de unos minutos de edad, células de un día, células de un año, y tan sólo una pequeña proporción de células de décadas de edad que se encuentran en ciertas partes de tu cerebro. Y ya. Celularmente hablando, la mayor parte de tu cuerpo es tan joven como cuando eras un bebé1.
Para ser rigurosos, hacer las cuentas de la edad de tus células (y por tanto de tu edad a nivel celular, no lo olvides) es algo más complicado. La tasa de multiplicación celular en tu cuerpo varía de un órgano a otro. En nuestro cerebro, la mayoría de las células no se dividen nunca, aunque muchas de las moléculas que componen esas células pueden cambiar o ser reemplazadas. Algo así como si tienes una casa y un año reformas una habitación, al siguiente redecoras el salón, otro renuevas el tejado... La casa sigue manteniendo su número, es la misma casa, pero ha cambiado, se ha reformado. Es decir, la misma célula va renovando partes y llegará un momento en que habrá tantas partes nuevas en ella que se podría hablar de célula cuasi-nueva, aunque no lo sea. Las células de otros órganos, en cambio, pueden dividirse todos los días, y de hecho lo hacen, aunque si son células «normales» sólo pueden dividirse un cierto número de veces. Una vez  llegan a ese numero dejan de dividirse y cierto tiempo después mueren. A esto se le llama el límite de Hayflick. Para nuestra desgracia hay células que son capaces de esquivar este límite: las células cancerosas pueden dividirse sin parar lo que supone un verdadero problema para los médicos y científicos y, por supuesto, para los pacientes.
Por tanto, en realidad, cada una de nuestras células, órganos y tejidos tienen su propia edad biológica. Si te es más sencillo puedes pensar en la división celular como el tic tac de un reloj. Nuestro cuerpo, en este caso, sería como una tienda de relojes en los que cada uno marca una hora. Si alguien estuviese dentro de la tienda y quisiese saber qué hora es lo tendría realmente difícil ¿Qué reloj marca la hora verdadera? La respuesta sería, todos. Cuando le preguntamos a alguien cuántos años tiene, le estamos preguntando sobre millones de relojes cada uno de ellos en un momento diferente. La mejor respuesta que podría dar es que su cerebro es viejo, su estómago joven, y su esqueleto es adolescente.
Tenga uno la edad que tenga, se puede decir que su cuerpo es muchos años más joven. De hecho, aunque ya no te consideres un adolescente, tienes como la mayoría de la gente, de media, unos 10 años o menos. Sí, es cierto que son cuentas echadas «grosso modo», pero no van muy desencaminadas. Vamos a verlo más claro con un ejemplo. Si, como yo, naciste hace 35 años quizá te interese saber la edad máxima que tienen tus células:
  • Tus células de la corteza cerebral (la conocida como materia gris) están contigo desde hace 35 años. Así es, desde tu nacimiento. Al igual que, por ejemplo,  las de la corteza visual (la parte frontal del cerebro que usas para ver). Esto explica por qué te comportas según tu edad natural y no la de la edad física de tus células.
  • Las células de tu cerebelo son ligeramente más jóvenes que tú, uno o dos años. Pongamos que ya han cumplido 33 años.
  • Tus células musculares intercostales más antiguas tienen alrededor de 15 años.
  • Las de tu hígado viven entre 10 y 18 meses. así que, máximo año y medio de antigüedad.
  • Las células del revestimiento de tu intestino más ancianas tienen alrededor de 5 días.
  • Tus células intestinales que no sean el revestimiento tienen, como mucho, unos 16 años.
  • Las células de tu epidermis tienen una edad máxima aproximada de 14 días.
  • Los glóbulos rojos de tu sangre tienen unos 120 días de vida a lo sumo.
  • Las células más viejas de tus huesos tienen aproximadamente 10 años.
Podríamos seguir así célula tras célula. Y recuerda que estamos hablando de cifras de las células más antiguas. En todos los casos tienes células recién nacidas.

El tiempo que vivas no lo marca la edad de tus células

Llegados a este punto cabría preguntarse ¿Si tan jóvenes son nuestras células como es que envejecemos? ¿Por qué no noto mi cuerpo como el de un chaval de 10 años si es la edad media de mis células? ¿Me has mentido a la cara? Pues bien, parece ser que la principal causa del envejecimiento celular son los daños producidos en el ADN. Cuantas más veces se hayan dividido tus células, más cerca estás del fin de tus días. A medida que las células se dividen para dar lugar a nuevas células, transmiten una cantidad de material genético más reducida debido a la pérdida progresiva de unas estructuras protectoras del ADN denominadas telómeros.  Lo cierto es que la causa última todavía no está muy clara pero lo que si se sabe es que los telómeros son un buen indicador de la esperanza de vida de un organismo. La longitud de los telómeros parece decrecer con la edad de una manera paulatina y constante. Entre otros, la investigadora María Blasco y sus colegas del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) han concluido que los telómeros cortos y/o que se acortan rápidamente predicen una muerte más próxima. Es una relación que se da sin excepción. El fin de tus días está marcado por los telómeros. Así que recuerda, eres joven, pero no pierdas de vista tus telómeros.

1excepto por los telómeros, claro.
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El propio Oliver Sacks dijo una vez que él siempre quiso ser un «verdadero científico», alguien que trabajase en un laboratorio, que llevase a cabo experimentos y que presentase estudios para prestigiosas revistas académicas. Tristemente nos acaba de dejar pero probablemente, será recordado más por su trabajo como escritor y divulgador en el campo de la neurología, que como investigador.

Oliver Sacks y Robin Williams durante el rodaje de la película Despertares (1990). Fuente.

«Por encima de todo, he sido un ser sintiente, un animal pensante, en este maravilloso planeta y esto, en sí, ha sido un enorme privilegio y una aventura», escribió en el New York Times, pocos meses antes de morir, este insólito neurólogo, cuyos libros sobre los recovecos de la mente humana, como El hombre que confundió a su mujer con un sombrero o Despertares, han vendido millones de ejemplares en todo el mundo y han sido adaptados al cine.
Es precisamente por la adaptación de esta última novela autobiográfica al cine, por lo que quizá oyeses hablar de Oliver Sacks por primera vez. Posiblemente la película debería ser de obligado visionado para estudiantes de disciplinas sanitarias o científicas, aunque deje perplejos a todo tipo de espectadores, más si cabe por su carácter de «basado en hechos reales», a pesar de que pueda pecar de cierta sensiblería (sí, al igual que vosotros, yo también llevo un crítico de cine en el bolsillo ¡y a veces se escapa el muy rufián!). 

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Vuela sobre un paisaje lunar. Se posa sobre la superficie de un cometa. Un fantasma con traje de buzo. El vídeo no es ninguna novedad pero algo tan alucinante no podía dejar de incluirlo en el blog.
Filmado finales del año pasado por el director y cámara submarino Julie Gautier, esta increíble película muestra al buzo Guillaume Néry arrastrado por la rápida corriente marina a través del paso de Tiputa, en el atolón de Rangiroa situado a 350 km al noreste de Tahití. 

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Rita Hayworth fotografiada en bikini a mediados de los años cuarenta. Fuente: Life Magazine.

Los hombres no me miraban cuando era delgada, pero....

desde que gané 4 kg tengo todas las citas que quiero.

Así se anunciaba un tónico que prometía engordar en la década de 1930, cuando estar muy delgado no era síntoma de buena salud y tampoco se asociaba a la belleza.
La actual preocupación de mantenerse en el peso ideal es reciente. Comenzó a principios del siglo pasado y caló enormemente en el último cuarto a raíz del creciente número de personas con problemas de obesidad y el interés por el aspecto físico. De hecho, estar delgado no siempre estuvo de moda, es más, nunca lo había estado hasta hace bien poco. La obsesión de muchas mujeres durante gran parte del siglo pasado era poder meterse en el traje de baño...sin que sobrase traje de baño. Por suerte existían productos dirigidos especialmente a ellas y que les ayudaban a lograr esa ansiada figura.

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Un fluoroscopio es un aparato de rayos X que proporciona imágenes del interior del cuerpo, o de alguna de sus partes aún estando estas en movimiento.



En un primer momento, el fluoroscopio era una pieza estándar del equipo médico en algunas consultas de médicos de familia. Si un paciente llegaba con un brazo colgando o en un ángulo extraño, por ejemplo, el fluoroscopio podría revelar de inmediato si el hueso se había roto. Pero los fluoroscopios pronto salieron del ámbito médico y fueron utilizados durante algún tiempo para usos triviales. Fueron instalados en tiendas de zapatos de los Estados Unidos y Europa desde principios de los años 30 hasta alrededor de 1960, cuando fueron prohibidos definitivamente.
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La epidermis o capa externa de la piel consiste en células llamadas queratinocitos que poseen un esqueleto intracelular muy robusto constituido por una proteína llamada queratina. Estas células se dividen rápidamente en la región más honda de la epidermis e impulsan hacia arriba las células que tienen por encima. Cuando ya han recorrido alrededor de la mitad del trecho que media entre el fondo de esta capa y la parte superior, las células experimentan una muerte programada. El núcleo cae hacia dentro en espiral y deja capas alternas de membrana celular, formada por lípidos, y de interior, consistente mayoritariamente en queratina, una sustancia muy amante del agua. La capa externa de la epidermis, llamada estrato córneo, está compuesta por tanto por esas bandas alternas.
Cuando las manos se empapan de agua, la queratina la absorbe y se hincha. El interior de los dedos, en cambio, no sufre ningún abultamiento. Como consecuencia hay una cantidad excesiva de estrato córneo y este se arruga igual que una falda fruncida. Esta acumulación se produce en lo dedos de las manos y los pies porque la epidermis es mucho más gruesa ahí que en cualquier otra parte del cuerpo. El pelo y las uñas que poseen otros tipos de queratina también absorben algo de agua y por eso se ablandan.
Pasar mucho tiempo en el baño hidrata la piel, pero por poco tiempo. Todo el exceso de agua se evapora rápidamente y deja la piel más seca que al principio. Las grasas que retienen el agua suelen desaparecer con el baño, sobretodo si se usa agua caliente y jabón. Pero si se aplica un aceite antes de que la piel se seque se retiene gran parte del agua absorbida. Por lo tanto, un buen sistema para hidratar la piel consiste en aplicar una capa de aceite de baño o de una crema justo después del baño o la ducha.



Laurence Meyer, Dermatólogo de la Universidad de Utah.
Cuestiones curiosas sobre ciencia de Scientific American
No pierdas nunca tu capacidad para asombrarte. Hola qué quizá no conozcas.
bipedismo¿Por qué andamos de pie cuando el resto de animales van a cuatro patas? Los científicos se han roto la cabeza pensando e investigando por qué somos así y cuándo empezó todo. En la actualidad, somos de los pocos mamíferos que pueden andar sobre las extremidades posteriores (pies), dejando libres las extremidades anteriores (manos). ¿Para qué nos hicimos bípedos? o, mejor dicho, ¿qué problema evolutivo se resolvió con el bipedismo?
Pues lamentablemente parece ser que no está del todo claro y los científicos no se ponen de acuerdo de qué  nos llevó a la disposición actual. Nadie discute que ser bípedo acarrea algunos problemas; nos hace más vulnerables y lentos y provoca tensiones en la columna vertebral que otros animales no padecen, pero, al parecer, también supone un gasto menor de energía que caminar a cuatro patas.
No pierdas nunca tu capacidad para asombrarte. Hola qué quizá no conozcas.

A Stephen Wiltshire le diagnosticaron autismo con tres años. Su relación con otras personas era casi inexistente, vivía en su propio mundo y no empezó a decir sus primeras palabras hasta muchos años después.
A los once años, y tras un breve viaje en helicóptero, Stephen pidió lápiz y papel y reprodujo la vista aérea de la ciudad de Londres con total precisión, respetando la perspectiva y sin olvidar ningún detalle. Dibujó hasta el número exacto de ventanas que tenían los principales edificios.

No pierdas nunca tu capacidad para asombrarte. Hola qué quizá no conozcas.

¿Por qué causa se pueden tener las pupilas dilatadas?

La pupila varía de tamaño según la cantidad de luz a la que se vea expuesta. Sin embargo, también varía según nuestro estado de ánimo y, por lo tanto, también puede transmitir mensajes emotivos muy intensos. Las pupilas se dilatan por acción del sistema nervioso simpático, que es el encargado de poner en alerta a todo el organismo ante una situación «estresante». También es el encargado de producir sudor en la manos, taquicardia, aumento de la frecuencia respiratoria, etc. Estas reacciones de alerta, que tienen como objetivo nuestra propia protección, se producen ante un miedo o peligro inminente pero también ante una emoción intensa como, por ejemplo, cuando te gusta alguien.