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No pierdas nunca tu capacidad para asombrarte. Hola qué quizá no conozcas.
Poco después de Hiroshima y Nagasaki, a finales de la década de 1940, los científicos norteamericanos estaban embarcados en encontrar un diseño adecuado para un «súper». Las nuevas armas atómicas que habían horrorizado al mundo palidecían ante estos nuevos súper, unos dispositivos de etapas múltiples mil veces más potentes que las bombas atómicas normales. Los súper utilizaban uranio y plutonio para provocar la ignición de un proceso de fusión, al estilo del que tiene lugar en el interior de las estrellas, en hidrógeno líquido extrapesado, un complicado proceso al que nunca se hubiera logrado llegar sin el, por aquel entonces, incipiente campo de la computación digital.

El Dr. Strangelove en un fotograma de la película ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú.
El Dr. Strangelove en un fotograma de la película ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú.
Tras el gran esfuerzo empleado en encontrar un diseño adecuado para un súper, los científicos dieron con uno perfecto en 1952. La destrucción total del atolón Eniwetok en el océano Pacífico durante una prueba de un súper ese mismo año demostró una vez más la brutal brillantez del método de Monte Carlo, desarrollado poco tiempo antes y apoyado ahora en los primeros ordenadores. Estas nuevas superbombas eran más destructivas de lo que alguien en aquel momento podría imaginar, sin embargo, los científicos de la bomba ya tenían en marcha otra cosa todavía peor.

Las bombas atómicas pueden matar de dos formas. A un loco que se conformara con matar a un montón de personas y derribar edificios le bastaría con una bomba convencional de una etapa. Es más fácil de construir y el grandioso destello de la explosión satisfaría su necesidad de espectáculo, igual que los efectos posteriores, como los tornados espontáneos o las siluetas de las víctimas estampados en las paredes de ladrillo. Pero si el loco tiene paciencia y quiere hacer algo realmente dañino, si quisiera orinar en cada pozo y sembrar de sal cada suelo, lo que hará será detonar una bomba sucia de cobalto-60.
Mientras que las bombas nucleares convencionales matan con el calor, las bombas sucias matan con la radiación gamma. Los malignos rayos gamma son el resultado de eventos nucleares frenéticos y además de quemar a la gente de una manera horrible, llegan a la médula ósea y embarullan los cromosomas de los leucocitos. Estas células de la sangre pueden morir enseguida, volverse cancerosas, o pueden crecer desmesuradamente y, como los humanos con gigantismo, acabar deformes e incapaces de luchar contra las infecciones. Todas las bombas nucleares liberan algo de radiación, pero en las bombas sucias el objetivo es precisamente generar radiación.


Cobalt-60 / Cobalto-60 / 60Co
Placa de un contenedor de isotopo radiactivo Cobalto-60.

Uno de los muchos refugiados europeos que trabajó en el proyecto Manhattan, Leo Szilard (el físico que, muy a su pesar, concibió la idea de una reacción nuclear autosustentada en 1933), calculó en 1950, cuando ya era un hombre más serio y sabio, que si se espolvoreara cada metro cuadrado de tierra con un solo gramo de cobalto-60, la radiación gamma producida bastaría para acabar con la raza humana. Su dispositivo estaba formado por una ojiva nuclear de varias etapas envuelta en una funda de cobalto-59. Una reacción de fisión en el plutonio provocaría una reacción de fusión en el hidrógeno destruyendo así la funda de cobalto y todo lo demás. Pero no antes de que ocurriera algo más a nivel atómico. A esa escala, los átomos de cobalto absorberían neutrones de la fisión y la fusión, en un proceso que recibe el nombre de «salado». El salado convierte el cobalto-59, que es estable, en el isótopo inestable cobalto-60, que luego caería mansamente como una lluvia de ceniza.

Albert Einstein y Leo Szilard, 1939.
Albert Einstein y Leo Szilard, 1939.
Hay muchos más elementos que producen rayos gamma pero el cobalto tiene algo especial. Ante la explosión de una bomba atómica convencional uno puede guarecerse un tiempo en refugios subterráneos, pues su lluvia radiactiva expulsa de golpe toda la radiación gamma y luego resulta inocua. Hiroshima y Nagasaki eran más o menos habitables a los pocos días de las explosiones de 1945. Otros elementos absorben neutrones como un alcohólico otra copa en el bar: algún día enfermarán, pero al cabo de mucho tiempo. En ese caso, tras la explosión inicial, los niveles de radiación no aumentan mucho. Las bombas de cobalto caen maliciosamente entre esos dos extremos, en uno de los raros casos en que el feliz punto medio resulta ser lo peor. Los átomos de cobalto-60 se depositarían en el suelo como minúsculas minas. Enseguida estallaría un número suficiente de esas minas para que hubiera que escapar del lugar, pero lo peor es que cinco años más tarde todavía la mitad del cobalto estaría armado. Esta constante emisión de metralla gamma hace que ante una bomba de cobalto ni se pueden esperar que pasen los efectos, ni  éstos se pueden soportar. Haría falta toda una vida humana para que se recuperase el suelo. Esto hace que las bombas de cobalto sean un arma improbable para la guerra, pues el ejército victorioso no podría ocupar el territorio. Pero un loco empeñado en arrasar la Tierra no tendría esos escrúpulos.

En su defensa, conviene puntualizar que Szilard albergaba la esperanza de que la bomba de cobalto, el primer «dispositivo apocalíptico», no llegaría a construirse jamás, y de hecho, ningún país (al menos que se sepa. Aunque empieza a haber serios rumores) lo ha intentado nunca. De hecho Szilard concibió la idea con la intención de mostrar lo insensato de la guerra nuclear, y mucha gente recibió el mensaje. En «¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú», los enemigos soviéticos tenían bombas de cobalto.

Hiroshima, tras la devastación, 6 de agosto de 1945.
Hiroshima, tras la devastación, 6 de agosto de 1945.
Antes de Szilard las bombas nucleares eran terroríficas pero no apocalípticas. Tras su modesta proposición, Szilard confiaba en que la gente se lo pensara mejor y abandonara las armas nucleares. No iba a ser así. Poco después la Unión Soviética se hizo con la bomba atómica. Los gobiernos estadounidense y soviético pronto aceptaron la poco tranquilizadora pero bien bautizada doctrina MAD o «Destrucción mutua asegurada», con la idea de que, con independencia del resultado final, en un conflicto nuclear los dos bandos salen perdiendo. Por estúpida que parezca como ética, MAD disuadió a los gobiernos de la idea de desplegar ojivas nucleares como armas tácticas. Pero las tensiones internacionales se endurecieron, hasta desembocar en la guerra fría. Actualmente hay diez países con la capacidad de detonar armas nucleares, y desde 1945, ha habido más de 2.000 explosiones en el planeta. Ninguna de una bomba de cobalto.

Extracto del recomendado libro de Sam Kean, La cuchara menguante. Ariel.
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 “La cámara es un instrumento que enseña a la gente cómo ver sin cámara.”
 Dorothea Lange

Que las cosas no son siempre lo que parecen es algo sabido por todos. Hace un tiempo los incondicionales de este blog pudisteis disfrutar de diez fotografías históricas que eran difíciles de comprender sin un pie de foto aclaratorio. Pues si os quedasteis con ganas de más, y si no también, os dejo a continuación otras diez fotografías (más un bonus) que necesitan, de nuevo, una explicación:

1
núcleo de plutonio de la bomba Fat Man

¿Qué parece?
Un joven saliendo de un barracón portando algo en su mano, quizás unas botellas de refrescos o la caja con su almuerzo.

¿Qué es en realidad?
El joven de la imagen es Harold Melvin Agnew, un reconocido físico estadounidense fallecido en 2013 y que, en 1945, cuando fue tomada la fotografía, era uno de los científicos inmersos en el proyecto Manhattan y participantes en la misión Hiroshima, el primer ataque nuclear de la historia (voló en otro avión tras el Enola Gay). Lo que sostiene en la mano es el núcleo de plutonio de la bomba Fat Man, la bomba arrojada sobre Nagasaki tres días después de la de Hiroshima y que fue la causa directa del fallecimiento de 70.000 personas. Una pequeña caja que cambiaría el curso de la historia. [Fuente + Info (donde, por cierto, también explican que hubiese pasado si se le hubiese caido al suelo)].

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Ni un solo portaaviones alemán tomó parte en batalla naval alguna durante la Segunda Guerra Mundial. Todas las grandes potencias que intervinieron en el conflicto utilizaron este tipo de navíos, a excepción de la Alemania nazi. Pero que no llegase a entrar en combate no quiere decir que Alemania no hubiera construido ninguno.

Hitler puso en combate cientos de U-Boats, acorazados, cruceros y destructores, pero en sus planes también entraba construir un total de cuatro portaaviones, y uno de ellos estuvo muy cerca de ser terminado.

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USS Artisan (ABSD 1) con los buques Antelope y LST-120 en Espíritu Santo, Nuevas Hébridas, 8 de enero de 1945

Durante la Segunda Guerra Mundial la marina estadounidense se enfrentaba al problema de tener la flota del pacífico desplegada por una vasta extensión a miles de kilómetros de su base en Pearl Harbor. Esta circunstancia, dada la carencia total de infraestructuras portuarias disponibles lejos de Hawai, hacía que cualquier avería o daño estructural en los buques se hiciese muy difícil de reparar. Para solucionar este problema el gobierno norteamericano comenzó a construir en 1942 diques secos flotantes. La idea era de lo más simple, si el barco no iba al dique el dique iría al barco.

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El matrimonio de abogados judíos formado por Beate y Serge Klarsfeld dedicó toda su vida a localizar, perseguir y llevar ante la justicia a criminales nazis. Su máxima era “la justicia, no la venganza” y en base a ello lograron encontrar y gestionar la extradición de los responsables de numerosos crímenes de guerra.

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Tras el ataque japonés a Pearl Harbour en 1941 cundió el pánico en EEUU y el gobierno americano temía que se produjese un nuevo ataque aéreo, pero esta vez en la costa oeste. Por ese motivo se encargó al Cuerpo de Ingenieros del ejército estadounidense camuflar la fábrica de aviones Lockheed en Burbank, California, y así protegerla de los posibles bombardeos japoneses. Para ello la cubrieron con una enorme malla cubierta de elementos de atrezo que simulaba un paisaje residencial. En las fotografías se muestra el antes (arriba) después (abajo). [Vía].
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Horten Ho-Vc

El ala volante bimotor Horten Ho 229 (también conocida como Gotha Go 229) es, quizás, el avión menos convencional construido durante la Segunda Guerra Mundial y uno de los menos conocidos. Nació como una idea de los hermanos Walter y Reimar Horten, que creían que la forma más eficiente para una máquina aérea era la de una una única ala integrada. Para demostrarlo, iniciaron los trabajos en un prototipo, logrando realizar las primeras pruebas en 1931 con un ala volante a la que denominaron Horten 1. En 1936 los dos hermanos ya eran oficiales en la Luftwaffe, lo que les sirvió para continuar con sus experimentos en diseño y construcción de aviones hasta 1942, cuando iniciaron el desarrollo de un caza jet tipo ala volante.
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Corría el año 1942, la guerra comenzaba a torcerse para el Reich, cuando en las altas esferas del gobierno alemán se discutían las formas de golpear a Gran Bretaña con métodos alternativos. Un ataque de tipo económico podría resultar definitivo a un asilado Reino Unido, un golpe inesperado que podría tener desastrosas consecuencias en su enemigo para el devenir de la guerra.
Los ingleses siempre se han tomado muy en serio y han manejado con especial cuidado su economía, por lo que un certero golpe en esa área sería muy doloroso e irreparable para ellos. En el Departamento de Sabotaje de los servicios de seguridad del estado alemán, a alguien se le había ocurrido la idea, años atrás, de quebrar la economía británica inundando el mercado con una enorme cantidad de papel moneda británico falsificado. Himmler tomó en sus manos la idea y se la propuso a Hitler. Alemania estaba sintiendo los efectos del enorme gasto que significaba la guerra en el Frente del Este y en África, por tanto las divisas fuertes que se obtendrían con la venta de moneda falsa, fortalecerían la economía del Reich. Se mataban pues dos pájaros de un solo tiro.

Operación Bernhard Krüger 
Falso papel moneda británico elaborado por los nazis. Imagen

Se encargó a un coronel de las SS, llamado Bernhard Krüger la ejecución de este plan y para ello se creó en el Cuartel de las SS en Berlín, una oficina que serviría como sede de la operación. Krüger comenzó a trabajar en ello; primero se dirigió a la oficina de numismática del Reichsbank con el objetivo de reclutar expertos para desarrollar el plan pero no encontró suficientes con el nivel de preparación requerido. Himmler le propuso entonces que buscase a judíos especialistas en el tema. La tarea de seleccionar a los judíos que fueran expertos calígrafos y técnicos en impresión de tintas fue ardua. Finalmente, Krüger escogió a 140 judíos con experiencia en imprentas, coloristas, caligrafistas, dibujantes y contadores. A estas personas las SS las clasificó como trabajador altamente esencial y se les concedieron ciertos privilegios como la exención de sus vidas.
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El reciclaje en la Segunda Guerra Mundial

Campaña de recogida de metal en la Segunda Guerra Mundial
Estudiantes de Lincoln en una campaña de recogida de metal. Fuente.

La historia del reciclaje se remonta muy atrás en el tiempo. De una u otra forma el aprovechamiento y reutilización de los materiales ha estado presente desde los comienzos de la historia del ser humano. Los arqueólogos han puesto fecha a ese comienzo, han encontrado evidencias del origen del reciclaje, saben que ya se practicaba hace 13.000 años y desde entonces se ha dado de muchas maneras. Sin embargo, el reciclaje tal y como lo conocemos hoy es algo que se inició en el último siglo, y que tuvo su punto de inflexión con las necesidades bélicas de la segunda Guerra Mundial. Hoy, solo en EEUU, según el ISRI, la industria de reciclaje de chatarra transforma anualmente 150 millones de toneladas de materiales obsoletos provenientes de consumidores, empresas manufactureras y fabricantes de materia prima.

Y es que durante la Segunda Guerra Mundial uno de los objetivos más importantes de la administración Roosevelt fue preparar a la población estadounidense para un duro y largo esfuerzo bélico. El servicio militar acabó afectando a unos quince millones de hombres y mujeres, y a los que estaban en el llamado frente interno se les alentaba a aportar su granito de arena por medio de anuncios, historias en revistas, películas y programas de radio. Incluso estrellas de cine como Ronald Reagan, Robert Taylor o Clark Gable, que habían sido llamados a filas, trabajaron en Hollywood en varios proyectos, en los que el soldado americano se mostraba siempre como una figura heroica, entregado a la lucha por la libertad y los valores estadounidenses.

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Entre las víctimas indirectas de la Segunda Guerra Mundial estuvieron los japoneses que vivían en Estados Unidos.
La mayoría de los que vivía en Hawai (donde Japón había iniciado la guerra bombardeando Pearl Harbour) tuvo que aprender a vivir con la apatía y el rechazo social. No eran el enemigo, de hecho la mayoría era de nacionalidad estadounidense, pero sus rasgos físicos y su procedencia despertaban recelos. Y si en Hawai era duro ser de origen japonés y ser tratado como enemigo del país, en el continente las cosas no se presentaban mejor para ellos. Allí fue donde se produjeron más hostilidades en contra de los japoneses.

Al principio de la guerra unos 120.000 japoneses vivían en la costa oeste de Estados Unidos, la mayoría en California. A pesar de la falta de evidencias o pruebas creíbles, Roosevelt sucumbió a la insistencia de parte de los estadounidenses de que los japoneses no eran de fiar. Se podrían tratar de espías y, como no estaban en posición de distinguir cuáles lo eran, todos debían ser clasificados como «extranjeros enemigos» y, de alguna manera, poder tenerlos controlados. El 19 de febrero de 1942 el presidente firmó la orden ejecutiva número 9066 que daba al ejército autoridad para establecer zonas del país en las cuales «algunas o todas las personas así consideradas debían estar excluidas».

Los militares decretaron que todos los descendientes de japoneses fueran desplazados de la costa oeste por haber sido declarada zona estratégica. Tuvieron que vender sus propiedades y negocios, en muchas ocasiones a precios ridículos, abandonar sus hogares y establecerse en uno de los diez campos de reubicación construidos por el gobierno. Mientras estuvieron allí, contribuyeron al esfuerzo bélico cultivando el campo o trabajando en fábricas. Los que se negaban a hacerlo acabaron en prisión.

Algunos ciudadanos de origen japonés protestaron. De poco les sirvió y en algunos casos, estos ciudadanos más combativos, fueron recluidos durante más de dos años, hasta que a finales del año 1944 (todavía en guerra) el Tribunal Supremo resolvió que no era apropiado detener a personas cuya lealtad no estaba en cuestión.

A finales aquel año se comenzaron a cerrar los campos y se permitió a las familias volver a la costa oeste. Por aquel entonces ya había unidades con estadounidenses de origen japonés luchando en Francia e Italia, a pesar de lo cual la discriminación hacia ellos continuó durante mucho tiempo después de acabar la guerra. En un intento de mejorar su imagen y reparar los daños el gobierno federal ofrecería compensaciones a las víctimas a partir de 1951, pero no se disculparía hasta 1988 afirmando que la concentración de prisioneros se debió a «los prejuicios raciales, la histeria bélica y la deficiencia del liderazgo político».
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Quizá porque se trataba de un buque que transportaba refugiados alemanes en plena Segunda Guerra Mundial, o quizá porque fue hundido por los torpedos lanzados desde un submarino soviético cuando no representaba ninguna amenaza, el hundimiento del Wilhelm Gustloff es una de las catástrofe navales menos conocidas. Lo que es cierto siempre es que los perdedores no escriben la historia. Y es quizá por ello que la mayor tragedia de la historia de la navegación ha pasado desapercibida para casi todo el mundo.

Wilhelm Gustloff
El crucero de lujo Wilhelm Gustloff

Con la llegada del Ejército Rojo a Prusia Oriental, a finales de la Segunda Guerra Mundial, se produjo una oleada de refugiados alemanes hacia el oeste. El motivo no era otro que escapar de las tropas soviéticas, ya que era bien sabido el trato que la población alemana podía recibir de estas. Ante el temor de sufrir las represalias  más de un millón de refugiados se dirigieron a Danzig y otros puertos en el Báltico con la esperanza de ser evacuados. La salvación iba a llegar en forma de buques que los llevaran a la todavía segura Alemania.

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inflacion alemania años 20
Con un marco que apenas tenía valor, estos alemanes hacen cola para pagar los billetes de circo con alimentos. Fuente.

El aumento sostenido y generalizado del nivel de precios de bienes y servicios es algo muy común conocido como inflación. En algunos casos este aumento puede llegar a tasas muy elevadas. Este fue el caso de Alemania tras la Primera Guerra Mundial. La obligación de pagar fuertes indemnizaciones a las naciones vencedoras y la caótica situación interna que impedía obtener por la vía fiscal los ingresos necesarios, indujeron a la República de Weimar a financiarse imprimiendo papel moneda sin ninguna contención. Entre enero de 1922 y noviembre de 1923 la tasa acumulada de inflación ascendió a un billón por ciento. A pesar de la cifra, esta no es la más alta de la historia (Hungría 1946, Yugoslavia, años 90) pero sí una de las más recordadas.