Los Juegos de México, quizás los más grandiosos de todos por la magnitud de sus marcas, se clausuraron el 22 de octubre de 1968. En México se habían visto maravillas inolvidables: el prodigioso salto de Bob Beamon, el derrumbe de casi todos los límites en las pruebas de velocidad (el primer hombre -Jim Hines- que bajó de 10 segundos en los 100 metros, el primero -Tommie Smith- que bajó de 20 segundos en los 200, el primero -Lee Evans- que corrió los 400 metros en menos de 44 segundos). Sin Embargo, lo que seguramente hizo únicos esos Juegos no fue el gran número de récords que se obtuvieron (al fin y al cabo estos serían batidos posteriormente) sino la innovación de un desgarbado joven americano que cambiaría el salto de altura para siempre.



Lo que en principio pareció una broma, se convirtió en una agitación desbordante: los espectadores coreaban con olés cada éxito de Fosbury y los jueces dudaban de la validez de una técnica que les resultaba desconocida. Dick Fosbury sorprendió al mundo al establecer una nueva marca olímpica y ganar la medalla de oro con una nueva técnica en la que había trabajado durante varios años: el “salto Fosbury” consistente en correr hacia la barra y sobrepasarla lanzándose de espalda. El obsoleto "rodillo ventral", casi sin darse cuenta, había muerto.
Extracto del Artículo de Santiago Segurola el 12 de marzo de 2007. El País.

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